Inicio de la página

AYUDAS A LA ACCESIBILIDAD

RAIMUNDO SARRIEGUI

1838-1913


II

El mundo musical que acogió al niño Raimundo Sarriegi

        En los comienzos del siglo XIX la población donostiarra vivía un clima musical muy limitado.
Las capillas musicales de Santa María y San Vicente, que desde 1848 estaban reglamentadas y unidas bajo la dirección de José Juan Santesteban, eran el atractivo musical principal, por ser el de actividad más regular, más frecuente y mejor cuidado, lo que algunos llamaban la ópera del pueblo.José Juan Santesteban
         Existen algunos datos de una cierta actividad musical en las reuniones que celebraba Roque Javier de Moyúa, Marqués de Rocaverde, con grupos minoritarios en su casa de la calle Trinidad, nº 208, ahora 31 de agosto, 20.
         Además el Ayuntamiento tenía sus asalariados músicos juglares, hoy txistularis, sometidos a un programa fijo de actuaciones al año, especialmente para animar el baile de los días festivos.
Puede decirse que éstas eran las únicas fuerzas musicales profesionalizadas en la ciudad.
Hasta 1802 San Sebastián no conoció la construcción de un edificio dedicado al teatro, donde pudieran organizarse representaciones de música lírica escénica.
         Este edificio desapareció en el incendio de 1813. Las tentativas de dedicar a representaciones teatrales uno de los edificios supervivientes del incendio no cuajaron. Pero del importante testimonio de Francisco Gascue, sabemos que de 1840 a 1846 la Sociedad Filarmónica de San Sebastián organizó conciertos vocales o instrumentales en un local habilitado para la música:
         En la época de mi infancia salíamos de las escuelas de primera enseñanza, sabiendo todos por lo menos solfear en dos o tres claves; la música era el objeto predilecto de nuestros amores y á esa afición se unía la de las comparsas, en que el arte de la mímica y la plástica se aliaba con el arte de los sonidos, para formar conjunto de belleza sintética. Sabido es que el centro del gran lienzo de la muralla del Sur lo formaba un robustísimo cuerpo llamado el cubo imperial…daba entrada a un gran salón…Llamábamos á aquel salón, el Liceo, nombre de una sociedad de aficionados que allí dio conciertos, representó comedias, organizó bailes, etc, durante muchos años… animando el tenebroso local.(1)
         Al fin la ciudad contaría con el Teatro Principal a partir de 1846, aunque luego sería derruído y reinaugurado en 1931.
         Como signo de musicalidad de los donostiarras de este tiempo no podemos olvidar el gran fondo de melodías populares recogidas por nuestros folkloristas en San Sebastián, melodías de ronda, de juegos, de cuna, etc. que, junto a los temas del bersolarismo, nos muestran a un núcleo ciudadano muy inclinado al canto.
         En un nivel más festivo los donostiarras se distinguían por su afición a organizar comparsas callejeras de carnaval y otras motivaciones, en las que la música era más superficial y montada con pequeños conjuntos instrumentales, txistularis y poco más.
         La destrucción material de la ciudad en el infausto 31 de agosto de 1813 trajo consigo la desmoralización de la población.
         En materia de diversiones Serapio Múgica nos comunica:
         En 1814 el Ayuntamiento, en vista de la afectiva situación del vecindario, todavía enlutado, y en atención también a las gestiones hechas cerca del Gobierno para que concediese auxilios para la reconstrucción, acordó suspender las fiestas del carnaval.
         Pero ya en 1816 la idiosincrasia donostiarra organizó el carnaval por las calles de la ciudad, todavía en vías de reconstrucción. A partir de aquí las comparsas no faltarían cada año en las fechas acostumbradas.
         Se coPedro Albéniznserva una copia manuscrita de la Gitanada para el Carnaval donostiarra de 1827, escrita por Pedro Albéniz, nombrado maestro de capilla y organista de Santa María tras la jubilación de su padre Mateo Albeniz el 9 de junio de 1827.
         En la misma copia de la Gitanada se hallan Comparsa de los pastores de Grecia, Carnaval 1828, Comparsa de los Ciegos Valencianos y Comparsa de los Manolos, ambas para el Carnaval de 1830, también escritas por Pedro Albéniz.
         Para este tiempo en la capilla musical desde 1821 se había distinguido como niño cantor José Juan Santesteban. Éste en 1827 con 18 años se constituyó en impetuoso lider musical de la juventud, fundando con sus amigos la charanga Los Gámbaros, para competir con Los Achúas y Los Señoritos, ya existentes en la ciudad.
         Los Gámbaros provocaron el 20 de junio de 1827 un incidente callejero, interpretando la Gitanada y produciendo gritos, según algunos subversivos. Los Achúas y Los Señoritos los llevaron a tribunales. Entre ellos no había solamente diferencia de clases sociales, sino sobre todo fuertes ideologías políticas dispares. Se encontraban frente a frente dos grupos bien perfilados, liberales y realistas.
         Celebrándose el juicio, asistió de testigo Pedro Albéniz, que ya era maestro de capilla de Santa María y que pronunció unas interesantes palabras en defensa de los cantores callejeros:
La noche del día veinte de este dicho mes, en el momento en que la música de jóvenes de esta ciudad estaba en la puerta del Sr. Alcalde Soroa, se hallaba este testigo en el balcón de su casa. Y que, lejos de haberse dado motivo alguno a que se turbase la quietud pública, se experimentó el mejor orden, sin haber cometido el más mínimo exceso ni causado insulto en ningún sentido. Que la música que se tocaba era perteneciente a la comparsa de Gitanos, que se celebró el Domingo de Carnaval de este año, compuesta por el declarante en París a petición de varios de los Señores individuos que constituyen el actual Ayuntamiento y de otros habitantes pacíficos y honrados de esta ciudad, a quienes quiso manifestar su agradecimiento y adhesión por la confianza y honor que se le dispensaba haciendo esta composición de música, reducida toda ella a letrillas, Tirana, estribillo, Bolero y una contradanza, y que todo lo cual es análogo al asunto de dicha comparsa de Gitanos, sin que absolutamente tenga relación con ningún otro canto, sea cual fuere la denominación que le quisiera dar. (2)
         Queda claro que Pedro Albéniz quería defender a los cantores de José Juan Santesteban, que pertenecía a la Capilla musical y obedecía por tanto a quien ostentaba el cargo de Maestro de Capilla.
         En 1834 José Juan Santesteban con 25 años fue nombrado Maestro de Capilla, cargo que le convirtió en la figura musical de San Sebastián. Amplió sus estudios musicales en Madrid, París, Roma, Nápoles, Liorna, Florencia, Bolonia y Milán.
A partir de aquí se dedicó con gran pasión al cultivo de la música religiosa, de la música popular y de la enseñanza musical.
        Escribió zortzikos y canciones de todo género, pasacalles, himnos, piezas de baile, etc. Por su conocimiento de las canciones populares, no dudó en incrustar algunas de ellas en sus partituras festivas. Fue el animador y responsable de toda clase de conjuntos instrumentales, todo lo cual le valió el sobrenombre de Maisuba.
         Los organizadores de comparsas y festivales públicos contaban siempre con él. Así escribió en 1833 la Comparsa de Sastres, en 1834 Himno a la reina Cristina, en 1850 Comparsa de Jardineros y Entierro de la Sardina. En 1858 el Himno para la inauguración del Ferrocarril del Norte. En 1863 el Himno para el derribo de las murallas.
Pero en ocasiones, además de escribir las partituras, él mismo reunía a los correspondientes intérpretes:
         Cuando la reina Isabel estuvo en San Sebastián, en 1866, Santesteban reunió cuatro músicas y cinco charangas que formaron un total de trescientos nueve ejecutantes. Aquella enorme masa de instrumentistas tocó con admirable precisión, entre otras piezas, el zortzico Guernicaco arbola, Iru damacho y un pasodoble, composición del maestro. (3)
Para estas fechas el joven Raimundo Sarriegui, discípulo predilecto de José Juan Santesteban, había adquirido perfecta conciencia del estilo de música callejera, que había impuesto su maestro en las fiestas donostiarras, estilo muy bien aceptado por los ciudadanos y que luego influiría en sus partituras.
         Por otro lado en la recién trazada Alameda tras el derribo de las murallas se interpretaban programas de concierto y programas de baile, en los que sonaba música de Strauss, Offenbach, Gounod, Farbach, Pintado, etc.
La Alameda se convirtió en centro de la vida donostiarra, especialmente de la vida musical popular con la frecuente intervención de la Banda del Tercer Regimiento de Artillería, dirigida por Carlos Pintado.(4)


(1) – Gaskue, Francisco. Recuerdos agradables en Euskalerriaren Alde, año I, nº 11, 341 (reimpr. La gran Enciclopedia Vasca, Bilbao 1974)
(2) - Tellechea Idígoras, J. Ignacio. Nacionales y Realistas. Un episodio donostiarra (1827). (San Sebastián, Grupo Dr. Camino, 1984, pág. 23)
(3) - Peña y Goñi, Antonio. La ópera española y la música dramática en España en el siglo XIX (Madrid, 1881, pág. 645).
(4) – Tellechea Idígoras, J. Ignacio. Orígenes de la Academia Municipal de Música de San Sebastián. (San Sebastián, Grupo Dr. Camino, 1992, pág. 7)


ERESBIL

Archivo vasco de la música
Tel.: (34) 943-000868 • Fax: (34) 943-529706
E-mail: bulegoa@eresbil.eus